Una mascarilla mal aplicada puede ser un producto caro desperdiciado. Una bien aplicada, en cambio, puede transformar cómo se ve y se siente tu pelo incluso sin cambiar de marca. Más que el envase, lo que marca la diferencia es la técnica y la constancia.
La mascarilla siempre debe ir sobre pelo limpio, después del shampoo, con el exceso de agua bien escurrido. Si el pelo está chorreando, el agua diluye el producto y reduce su capacidad de penetrar. Lo ideal es dividir el pelo en secciones, aplicar de medios a puntas y peinar primero con los dedos y luego con un peine de dientes anchos o un cepillo de cerdas mixtas, para repartir de forma uniforme.
Un tiempo realista de exposición son de 5 a 10 minutos. Después, enjuaga con agua fresca y, si lo deseas, puedes cerrar con una pasada ligera de acondicionador para terminar de sellar la cutícula. Seca con toalla de microfibra, aplica leave-in y sérum en puntas y no olvides el protector térmico y UV, incluso si no vas a usar herramientas.
Si no te encanta quedarte en la regadera esperando, puedes lavar, enjuagar, quitar exceso de agua con toalla, aplicar la mascarilla fuera de la ducha y dejarla actuar unos 20 minutos. Luego enjuagas en el lavabo y sigues con tu rutina. Aplicada así y con la frecuencia adecuada para tu tipo de pelo, la mascarilla deja de ser “una crema más” y se vuelve una herramienta real para mejorar porosidad, suavidad y duración de los tratamientos que te hacemos en el salón.