Cuidamos la plancha, la tenaza y el secador, pero casi nadie piensa en el primer calor que toca el pelo todos los días: el de la regadera. La temperatura del agua puede estar deshidratando tu pelo en silencio y acortando la duración de tus tratamientos sin que lo notes.
El agua muy caliente actúa de forma similar al calor de las herramientas térmicas: abre demasiado la cutícula, se pierde hidratación interna, aumenta el frizz, el color se deslava más rápido y el pelo se debilita con el tiempo. Esa sensación de “limpieza extrema” muchas veces es sinónimo de resequedad.
Cuando lavas siempre con agua muy caliente, la cutícula permanece más abierta, los lípidos protectores se disuelven con mayor facilidad y el pelo queda más poroso, esponjado y opaco. Además, los alisados y terapias capilares pierden su efecto antes de tiempo porque la fibra no logra retener lo que aplicamos en el salón.
¿Qué puedes hacer? Lava tu pelo con agua tibia, no hirviendo, y termina los últimos 30–60 segundos con agua más fresca para ayudar a “cerrar” la cutícula. Acompaña siempre tu lavado con acondicionador y, según tu caso, con mascarilla algunas veces a la semana.
Menos calor en la regadera significa más brillo, menos adelgazamiento y una fibra más fuerte. Esto se traduce en alisados y terapias que se mantienen mejor y durante más tiempo. Un pequeño cambio de hábito puede marcar una diferencia enorme en cómo se ve y se siente tu pelo día a día.