Un buen color, un balayage o unas luces bien hechas pueden cambiar por completo tu look, pero también modifican la estructura de tu pelo. Entender qué ocurre en la fibra te ayuda a cuidarla mejor y a comprender por qué el mantenimiento es tan importante.
Para que el tinte funcione, el pelo tiene que abrirse. El tinte permanente abre la cutícula para introducir pigmento, y la decoloración abre aún más para extraer color. En este proceso, el pelo puede perder entre 30 % y 60 % de sus “escamas” protectoras (cutícula). Es como si las escamas de una víbora se desprendieran: el interior queda más expuesto y frágil.
Las consecuencias son claras: aumenta la porosidad, el pelo pierde agua y nutrientes con facilidad, la fibra se deshidrata y se vuelve más quebradiza. El color se deslava más rápido porque el pelo ya no retiene igual los pigmentos, y aparecen frizz, enredos y sensación de “pelo áspero”.
En el salón rellenamos lo que el pelo perdió con tratamientos específicos, trabajamos en reconectar enlaces internos dañados por el color o la deco y diseñamos una rutina de mantenimiento en casa con productos profesionales. Con lavadas y calor, lo que repusimos se va gastando; no es que el tratamiento “no sirva”, es que la porosidad no desaparece: se gestiona.
En casa es clave proteger medios y puntas con acondicionador o mascarilla antes de enjuagar el tinte, hacer un tratamiento nutritivo después del color y evitar el calor durante 48–72 horas. A esto se suma una rutina con shampoo suave, acondicionador, leave-in, mascarilla uno o dos días a la semana, suero en puntas y protector térmico + UV diario. Con constancia, puedes disfrutar de un color espectacular sin renunciar por completo a la salud y resistencia de tu fibra.